...¿A QUIÉN NO PODRÁS AMAR? SI SÓLO HAY UN HOMBRE,
SI SÓLO HAY UNA MUJER, SI SÓLO HAY UN MUNDO...
DANIEL MACÍAS.

sábado, 5 de junio de 2010

POEMAS DEL BOSQUE Y DE LA LLUVIA





La montaña sigue igual.
Otros brazos rodean tu cuerpo.
Y la montaña sigue igual.
Otra lengua lame tu pecho.
Y la montaña sigue igual.
Otro hombre muere en tu interior.
Y la montaña sigue igual.

SOBRE POEMAS DEL BOSQUE Y DE LA LLUVIA

Cuando el escritor estadounidense Ray Bradbury escribió en 1953 Fahrenheit 451 (novela adaptada al cine años después por François Truffaut) no sospechaba lo cerca que nos encontraríamos de su antiútopia cincuenta años después: Un mundo donde el pensamiento es el principal enemigo de una felicidad impuesta a todos los ciudadanos, de una felicidad que proviene del consumismo y el ocio, que lleva a la incomunicación y el aislamiento entre miembros de una misma familia, una felicidad que nos convierte a todos en extraños. Es una sociedad que promueve y premia el entretenimiento fácil antes que el desarrollo de la imaginación, el consumismo voraz antes que la observación. Así, el hombre del siglo XXI quiere comprar su felicidad, sus hijos viven enganchados a videojuegos, a ridículos concursos y seriales de televisión, todo es publicidad, todo consumo, y para conseguir esa felicidad amigos, hay que correr y cómo...
De este mundo de locura surge no un bombero como en Fahrenheit sino un hombre con un mono cubierto de grasa. En su primera mutación Antonio Rigo se convierte en un poeta lírico-mecánico y con el libro Poemas del polígono industrial causa una conmoción en el mundo literario. Refiriéndose a este libro, el poeta beat Gary Snyder comenta que sus poemas están llenos de fuerza y van más allá de las categorías fáciles, añadiendo que, tanto si intentamos una reconciliación con el mundo físico desde el lado de la naturaleza, como desde el lado de nuestra vida diaria en el mundo real, en ambos casos es un paso hacia la cordura y la reconciliación. Buscando esa cordura, Rigo abandona el polígono industrial. Siguiendo el consejo de su amiga la escritora y traductora Lucía Graves, hija del excepcional poeta y novelista inglés Robert Graves, Rigo se lanza al acantilado. Ese salto al vacío sin red que es la poesía. Al anochecer enciendo hogueras / donde celebro los gestos, / las ausencias, las ciudades. / He llegado. Soy todo lo que hice. / Y eso ya no existe.
Decide dar un cambio poético a su vida, decir Adiós a todo eso y vivir en diálogo constante con la Musa: llamémosla mujer, luna, bosque o sencillamente pureza. Dos años después de escribir los poemas del polígono y como sumido en un trance escribe este libro: Poemas del bosque y de la lluvia que permanecerá oculto durante once años mientras escribe y publica, entre otros: Poemas del aeropuerto, al que seguirá Días de radio y niebla y, más tarde, Pan con aceite y otros poemas. Obras en las que aparecen poemas cortos de versos ágiles y precisos que recuerdan la tradición poética oriental presente en toda la obra de Rigo. Los poemas más largos están llenos de esos relámpagos de revelación a los que Joyce llamó epifanías, llenos también de paralelismos entre la vida humana, la animal y la vegetal.
Combinando con repeticiones, con mínimas asonancias y consonancias repartidas irregularmente por el poema, da a éste un ritmo y una música que lo hace inconfundible.
Volviendo al libro que nos ocupa, los que conocemos a Antonio sabemos que pasear a su lado es caminar por un bosque de enebros. Así este poemario fue escrito por un cerezo para ser leído por un bosque. En él habla de la lenta transformación de un hombre en árbol y crece la poesía con la misma naturalidad vegetal con la que crecen las flores; para ello es necesario pensar como un árbol, sentir como un árbol amar como un árbol o como un animal mojado en la noche.
Rigo no utiliza estúpidos academicismos ni palabras rebuscadas (lugares comunes en la poesía actual). Un cerezo en flor muestra su hermosura sin petulancia, así, si el camino más corto entre dos puntos es la línea recta, el camino más corto entre dos palabras es la verdad y la única verdad que se puede defender es la del sentimiento, lo demás es paja y conjetura.
Antonio Rigo es una selva que crece ganando metros a la ciudad. Un druida que conoce la rosa enferma que vive en el interior de la luz:
“Es la hora del adiós a las ciudades. Es la hora del adiós a los números y a la aritmética absurda de las culpabilidades. Es la hora de amar la soledad. Es la hora –yo soy mío- del bosque encendido”
Se despide y..., mete la mano en la tierra y nota los dientes del sol..., esté donde esté siempre el amor o la soledad, siempre el bosque, siempre la luna, siempre el mar: comunión con la naturaleza.
Por edad, Rigo pertenece sin duda a la generación del 70, pero no me atrevería a incluirlo en una generación que ha dado lugar a estilos tan dispares como enfrentados. Un poeta obsesionado e influenciado por una voz anterior suele terminar por ser una burda copia de su maestro. Sin embargo, cuando un poeta se abre de verdad a la poesía y disfruta en libertad con igual placer todos los estilos poéticos, suele aparecer una voz propia, en este caso, la maravillosa voz de Antonio Rigo.
J. Jorge Espina

Blanco

Nunca te he dicho
que la primera vez
que abrí tu blusa y
liberé tu pecho blanco
supe que te iba a perder,
tú gemías de placer
mientras yo caía ya
por el último acantilado.


No hay comentarios:

Publicar un comentario