Páginas
...¿A QUIÉN NO PODRÁS AMAR? SI SÓLO HAY UN HOMBRE,
SI SÓLO HAY UNA MUJER, SI SÓLO HAY UN MUNDO...
DANIEL MACÍAS.
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Carlos Mestre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Carlos Mestre. Mostrar todas las entradas
viernes, 17 de abril de 2015
JUAN CARLOS MESTRE - LA BICICLETA DEL PANADERO
APOSTILLAS AL DECRETO DE LA PROHIBICIÓN
Lo prohibido no está prohibido para los seres que viven en el cielo
Ni a los hombres que viven en el aire les han sido prohibidas las aguas
No han sido prohibidas las mareas para las mujeres que nadan en el paraíso
Ni el aire ni el agua han sido prohibidos en la tierra donde viven los muertos
Las prohibiciones han sido prohibidas por los elegidos del aire y el agua
Los animales habitan las constelaciones. Los campesinos de la verdad
remueven los tizones de la prohibición con la madera del pensamiento
No es necesario pronunciar su nombre para que lo prohibido desaparezca
y queden la tierra y el cielo y las aguas todas libres de prohibición
Todo lo prohibido con latas de pintura. Las representaciones del azar apacible
Todas las prohibiciones abolidas por la prohibición de matar
No es necesario escribir su nombre para que los fragmentos de su lejanía se hagan presentes
Él vive sin prohibición en el agua. Su duración es la tierra y las orillas del cielo
Tú que tienes en la mano una piedra enciéndela como si fuera una antorcha
Tú que tienes en la mano un palo frótalo hasta convertirlo en cosecha de olivo
Porque no dudes que se acercarán a casa los hombres de la prohibición
Los hombres de las devastaciones. Que llegarán a casa los asesinos
Lo que no puede ser prohibido volverá a ser prohibido de otra forma
Tenlo presente, aunque no lo quieras oír, regresa el daño por el camino aprendido
Aquí es donde vive la serpiente. La incorpórea de Wallace Stevens
La bicicleta del panadero (2012)
Juan Carlos Mestre
viernes, 21 de noviembre de 2014
JUAN CARLOS MESTRE - LA POESÍA HA CAÍDO EN DESGRACIA
IMAN DEL CONTEMPLADO
Cuando me miro en mis ojos veo objetos tristes que aún no tienen palabra, la ocarina rota de la novia y el arco iris de las funerarias.
Cuando contemplo mis ojos veo otros ojos que ya no son los míos, el anzuelo de plata que está hundido en el río y el anillo de la juventud en los pozos sin agua.
Edad que me abandonar, edad como los faros que brillan en la noche y gritan y girando dócilmente derraman su tinaja de azogue sobre los acantilados del mundo.
Yo sueño lo que llora mi madre ante un reloj de arena, lo que palidece de armiño el que se desangra en la nieve, mis ojos por un túnel de yodo y azucenas y cuchillos enfermos y tijeras abiertas.
*****
LA MUJER DEL ESTUARIO
Sólo el deseo, y escucharse vivir muy dulcemente con la serpiente amarga de la melancolía en la boca. Despertar por la tarde cuando la ciudad oscurece y descorrer los visillos para que entre la noche. Acudir al espejo, empolvar la tristeza con Maderas de Oriente. Dudar entre el rojo corpiño de ormesí veteado, o el casaquín de nansú con mostacillas celestes. Ver brillar las estrellas a través del cristal empañado, suspirar con alivio mientras pasa la vida sin llamar a su puerta. Elegir un perfume fragante de ambarina o violeta e imaginarse en un barco, solitaria en cubierta, atravesando el Atlántico.
Juan Carlos Mestre
La Poesía ha caído en desgracia
Visor de Poesía
miércoles, 22 de octubre de 2014
JUAN CARLOS MESTRE - EL VIEJO POETA
EL VIEJO POETA
Yo sé que Carampangue no será para vosotros más que un triste lugar perdido entre los bosques, un pueblo silencioso, un rumor en los mapas donde crecen los lirios de la desolación y el olvido.
Yo os hablo de un poeta al que no conocéis, de un hombre sin más suerte que la memoria y los libros, dócilmente entregado al arte de la muerte.
Lo veo allí en el aire, su mirada se cansa de contemplar el silbido de los muchachos que bajan a bañarse al río. No tiene otro horizonte el agua esta mañana, pasan por sus ojos esos cuerpos descalzos, manantiales impuros en los que brota el deseo de otra noche lejana.
Recuerdo entre la niebla que habíamos bebido largamente aquel día una tinta muy ebria en las cantinas del puerto. En bares nauseabundos podridos por el hambre nuestros versos gemían como las heridas de un ángel al que salpicaran las olas.
Enloquecidos los faros giraban a lo lejos como grandes libélulas a las que llamara la muerte. Entonces oímos el gran grito y ladraron los perros y hubo un gran estrépito de caracolas y pájaros.
Como días inmensos se detuvieron las horas, los calendarios temidos de la vejez y los sueños, las páginas en blanco del vacío, el alcohol padecido del silencio.
Ya nunca amanecimos, jamás abandonamos aquel lugar sin puertas, mascarones hundidos, restos de una balsa donde los viejos cormoranes cegados por la espuma secan moribundos su oscuro plumaje.
Contemplarse en el tiempo, contemplar la memoria con la limpia mirada de quien no teme al fracaso. Como el celeste borracho que inclinado sobre el diván silvestre de la noche deshoja las llamas de su corazón y sufre dulcemente mientras entona melodías ya pasadas de moda.
Oh este oscuro mandato de llorar a propósito, de gritar contra el cielo lo que la muerte no escucha, la campana de un barco al que carcome la herrumbre y la sal del invierno. Y escribir, como el inmóvil que huye escribir toda la vida ese destino en un verso: ni ángel, ni sábado, ni verano.
Al fondo de la niebla, detrás de todo esto, hay una provincia con tilos en la plaza y muchachos desnudos que montan a caballo. Pero yo sé que Carampangue no será para vosotros más que un triste lugar perdido entre los bosques, el último paisaje del ángel que me mira desde un espejo roto.
Juan Carlos Mestre
La Poesía ha caído en desgracia
Visor de poesía
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


