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...¿A QUIÉN NO PODRÁS AMAR? SI SÓLO HAY UN HOMBRE,
SI SÓLO HAY UNA MUJER, SI SÓLO HAY UN MUNDO...
DANIEL MACÍAS.
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martes, 27 de enero de 2015
JUAN VICENTE PIQUERAS - ATENAS- II
CALLES DE ATENAS
Los mandarinos de Píndaro.
El tráfico de Hipócrates.
Los taxis de Teseo.
Las putas de Aristóteles.
La basura de Sóflocles.
Las especias de Eurípides.
Los gases lacrimógenos de Síntagma.
Y aunque sé que nadie puede
cruzar dos veces la misma calle,
yo cruzaba dos veces cada día
la calle Heráclito.
******
LÁGRIMAS DISTINTAS
La poesía es fruto de la guerra,
nos dijo sollozando.
Que donde nace un animal allí tiende a morir.
Que ser eterno y fugaz es una y la misma cosa.
Nos hizo ver que no somos los mismos
que ayer ni que mañana,
que pasado y futuro son un sueño
y que el presente es un puñado de agua.
Nuestros instantes de felicidad
no son sino las chispas de espadas al chocar.
Sobre los hombros de todos los hombres
cae el polvo y las pavesas que despiden
la lucha y el incendio de otros hombres.
Los dioses tienen frío y para calentarse
nos usan como leña de su lumbre,
como cándalos, di, ¿cómo es posible
que quien juega con fuego tenga frío?
El mundo es fénix, sabe renacer
de sus cenizas, breve e infinito,
feliz de ser fugaz.
Nos dijo sollozando que las almas son húmedas
y sin embargo en ellas cabe y canta el desierto.
Que sólo a quien espera puede ocurrirle algo inesperado.
Los perros ladran a quien no conocen.
Los pájaros se lavan con polvo y con ceniza.
Todo lo gobierna el rayo.
Lloró escribiendo lágrimas distintas.
******
SÚPLICA
Sigue tejiendo, amor, y destejiendo
jerseys y leguas para mi derrota,
bufandas para el viento que me lleva,
el frío de mi fuga
y el invierno que soy. Sigue tejiendo.
Sigue diciendo no
al desaliento y a tus pretendientes.
Y no les digas no, diles mañana,
y mañana también diles mañana.
Lo mismo que yo a ti. Hasta que regrese.
Cuando cansado ya de derroteros,
harto ya de perderme y demostrarme
en regazos de magas o en riesgos de sirenas,
regrese a ti, y no sepas
qué hacer con el quehacer de tanta espera
como ahora no sé qué hacer conmigo.
Me he convertido en nadie.
Tendré que regresar a tu regazo,
apoyar mi cabeza donde ahora está el ovillo
que guía mi retorno.
Y cuando llegue a ti ya no sabrás quién soy.
Cuando te abrace abrazarás el aire.
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ESTIRPE DE TÁNTALO
Ojalá que mis manos alcanzaran.
Ojalá que mis labios pronunciaran la sed
sobre la piel del agua, la saciaran,
dijesen dioses, no sólo palabras.
Ojalá que mis ojos no me vieran.
Ojalá que pudiera abrir la jaula
donde mi yo sin mí vive encerrado
cantando como un mirlo que le hace compañia
a alguien que ya no está.
Ojalá que mis manos pudiesen alcanzar.
Ojalá yo no fuera de la estirpe de Tántalo.
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Juan Vicente Piqueras
Atenas
XXV Premio Fundación Loewe
Visor de Poesía
sábado, 3 de enero de 2015
JUAN VICENTE PIQUERAS - ATENAS - I
EL LABERINTO
Un hilo en una mano y en la otra una espada,
el corazón un nudo, los pasos sigilosos,
entro en el laberinto asustado y feliz
como el que ha decidido afrontar su destino.
Pero en el laberinto sólo suena el silencio.
No hay mugidos, ni voces, ni pasos que no sean
los míos, ni más ruido que mi respiración.
Empiezo a sospechar que tal vez no haya nadie
y que el temido monstruo
sea sólo una invención del miedo de los hombres,
de su oscuro deseo de desaparecer.
Cuando llego a la cámara central veo en ella un pozo.
Como un ombligo –pienso mientras me asomo a él.
Sobre el agua parada me reflejo y comprendo
que el minotauro está dentro de mí,
que la lucha ha empezado,
que acabará conmigo
si antes no llega el fin a rescatarme.
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TESTIMONIO DEL GAVIERO
Si he de decir la verdad,
me pareció otro gesto de presunción,
muy suyo,
aquella urgencia con que nos pidió
que lo atásemos al mástil
para escapar al canto de las sirenas.
Las sirenas cantaban, eso es cierto,
pero no precisamente para seducirlo a él.
¿Y por qué no a cualquiera de nosotros?
¿Por qué tendrían que pretender seducir a alguien?
¿Quién puede asegurar que no cantaban simplemente?
¿O que guardaban silencio y cada uno oía
su propio canto de sirenas dentro?
Era él quien luchaba contra su vocación de perdidizo.
Era él quien creía que las sirenas lo amaban.
Era él quien, con cualquier pretexto,
nos ponía a sus órdenes.
Era él quien no sabía qué inventarse
con tal de demorar nuestro regreso a Ítaca.
Yo quería volver a mi patria, abrazar a mi esposa,
cuidar de mis padres ya ancianos,
ver crecer a mis hijos.
Nos lo ordenó y lo atamos.
Si hubiera sido por mí lo habríamos dejado en alta mar,
hubiésemos puesto rumbo a Ítaca y allí se habría quedado,
atado al mástil, solo, de nuevo a la deriva.
Y habría muerto así, atado a su extravío,
mientras que las sirenas seguían, seguirán,
cantando para nadie, como siempre.
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LIMOSNA
Atenas ya no existe. En su lugar
hoy hay otra ciudad que lleva el mismo nombre
pero ya no es la misma.
Una ciudad que ya no huele a azahar
sino a ceniza, llena
de ancianos vencidos que piden limosna,
de niños que tocan un viejo acordeón
con una mano y con la otra piden
limosna, de borrachos
que piden limosna con un vaso de plástico
y parece que fueran a beberse
lo que les den, de dioses
enfermos, tullidos, que piden limosna,
de estatuas cansadas que piden limosna,
de gente que pide la pena que da.
Una ciudad fundada por los dioses,
castigada sin cielo por el único dios
que este siglo venera.
Atenas ya no existe. En su lugar
una ciudad donde la luz da lástima.
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MUSEO DE LA ACRÓPOLIS
Una mano de mármol, pero sólo los dedos,
sobre un hombro de mármol sin cabeza.
Un brazo erosionado que nadie tiende a nadie.
Un caballo sin patas.
Un jinete que es sólo sus muslos.
Dionisos a pedazos, recompuesto.
Un toro sin cuernos que está siendo devorado
por un león que no está,
sólo sus garras.
Admiramos lo desparecido.
Tal vez nuestra cultura nace de estas ausencias,
de lo vacío, de lo que no hay.
También nosotros somos lo que queda
de nosotros,
lo que falta,
el hueco que nos cuida.
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AERÓPAGO
Estas piedras, pulidas de tanto ser pisadas,
brillan como si fueran preciosas al sol último,
destellos de ventanas sobre el montón de cal
que es Atenas mirada desde cualquier colina
de las suyas, la tarde
se va, parece alguien
que ya no está, que vive
tan sólo en la ceniza
que su incendio dejó en quienes le amaron
y le siguen amando, pero ya
para nada, por siempre,
para tener en vida
lo que murió, el misterio
de estar y de repente ya no estar.
Estas piedras pulidas de tanto ser pisadas.
Los últimos destellos del sol en lo que muere.
La tarde que abandona su nombre sobre mí.
El frío, el cielo, el viento que nos lleva
adonde no sabemos.
Y nosotros,
como fugaces sombras asombradas,
llamando dioses a su no saber.
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Juan Vicente Piqueras
Atenas
XXV Premio Fundación Loewe
Visor de Poesía
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