...¿A QUIÉN NO PODRÁS AMAR? SI SÓLO HAY UN HOMBRE,
SI SÓLO HAY UNA MUJER, SI SÓLO HAY UN MUNDO...
DANIEL MACÍAS.
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martes, 12 de enero de 2021

ANTONIO GAMONEDA - CINCO POEMAS











Sobre excremento de rebaños, subo y me acuesto bajo los robles musicales.

Cruzan palomas entre mi cuerpo y el crepúsculo, cesa el viento y las sombras son húmedas.

Hierba de soledad, palomas negras: he llegado, por fin; éste no es mi lugar, pero he llegado.

                                                                    *****


Alguien ha entrado en la memoria blanca, en la inmovilidad del corazón.

Veo una luz debajo de la niebla y la dulzura del error me hace cerrar los ojos.

Es la ebriedad de la melancolía; como acercar el rostro a una rosa enferma, 

indecisa entre el perfume y la muerte.


                                                                                *****


Como si te posases en mi corazón y hubiese luz dentro de mis venas y yo enloqueciese

                                 dulcemente; todo es cierto en tu claridad:

te has posado en mi corazón,

hay luz dentro de mis venas,

he enloquecido dulcemente.


                                                                                *****


Amor que duras en mis labios:

Hay una miel sin esperanza bajo las hélices y las sombras de las grandes mujeres 

y en la agonía del verano baja como mercurio hasta la llaga azul del corazón.

Amor que duras: llora entra mis piernas,

come la miel sin esperanza.


                                                                                *****

Estar en ti


Yo no entro en ti para que tú te pierdas
bajo la fuerza de mi amor;
yo no entro en ti para perderme
en tu existencia ni en la mía;
yo te amo y actúo en tu corazón
para vivir con tu naturaleza,
para que tú te extiendas en mi vida.

Ni tú ni yo. Ni tú ni yo.
Ni tus cabellos esparcidos aunque los amo tanto.
Sólo esta oscura compañía.
Ahora
siento la libertad.
Esparce
tus cabellos.
Esparce tus cabellos.
   








domingo, 8 de noviembre de 2015

ANTONIO GAMONEDA - PASIÓN DE LA MIRADA



Está tejida con azul la noche 
aún crepuscular. La lengua roja 
enciende su perfil.
                          Salgo al silencio 
y penetro la vida de las cosas 
y no sé si el centeno es la hermosura 
o es la sed la verdad.
                               En esta hora 
de secreta extensión, cuando no ciega 
mis sentidos la furia luminosa
del resol cereal, y están creciendo 
el zureo nupcial de las palomas, 
los pájaros ocultos, la paciencia 
de los Robles, aún, salgo a los huertos
y me busco en las aguas y las sombras.

*****

Recuerdo que la tierra quiebra dura 
y se levanta azul hacia la nieve.
Recuerdo que los ríos descendían 
cual frescos gavilanes y recuerdo 
las tierras rojas sobre lomas. Vi 
ásperos pueblos, huertos silenciosos.

Mire también al corazón humano
y vi la misma lentitud, la misma 
roja aspereza y silencioso frío.

Pero, más tarde, sorprendí las aguas 
enloquecidas por la luz, los lirios 
ante el abismo, en la serenidad, 
el ruiseñor, de noche, entre los álamos, 
y los veloces pájaros del día.

*****

La luz, distribuida en la aspereza, 
reconcilia a las bestias; luego baja
hasta las huellas del pastor, asiste
al huracán azul de las palomas, 
hace crujir el campo y acrecienta 
la agilidad insigne de los pájaros.

*****

La tarde entra de pronto en la cocina, 
enloquece en el cobre, hace gloriosa 
la herrumbre de las madres. Como un lienzo 
se imparte en las estancias. Cruza, dora 
el rostro del varón. Da en las tarimas, 
atraviesa el laurel, tiembla en sus hojas.

Ahora volverán por los caminos 
las mulas canas y las yuntas rojas
y, cansados, los hombres, sus cabellos 
con tamo de trigal.
                            Cunden las sombras 
al borde del tapial. Lenguas de acero 
se sumergen en aguas silenciosas.


Antonio Gamoneda
Pasión de la mirada

sábado, 26 de septiembre de 2015

ANTONIO GAMONEDA - LIBRO DEL FRÍO - POEMAS 2



El animal que llora, ése estuvo en tu alma antes de ser amarillo;

el animal que lame las heridas blancas,
ése está ciego en la misericordia;
el que duerme en la luz y es miserable,
ése agoniza en el relámpago.

La mujer cuyo corazón es azul y te alimenta sin descanso,

ésa es tu madre dentro de la ira;
la mujer que no olvida y está desnuda en el silencio,
ésa fue música en tus ojos.

Vértigo en la quietud: en los espejos entran sustancias corporales y arden palomas. Tú dibujas juicios y tempestades y lamentos.


Así es la luz de la vejez, así

La aparición de las heridas blancas.


*****


Estoy desnudo ante el agua inmóvil. He dejado mi ropa en el silencio de las últimas ramas.


Esto era el destino:


Llegar al borde y tener miedo de la quietud del agua.


***** 


A la penumbra auricular no viene nunca el sonido del amanecer. Muge el silencio en las ocultas bóvedas y se desliza en tus membranas. Silban los pájaros y tu pasión es sorda.


Tú ya no estás en tus oídos.


*****


Ardes bajo las túnicas carnales.

Ha sido inútil la sutura negra:
No hay agua en ti. Todas las fuentes manan en otra edad
Y te enloquece la pureza de la copa vacía.

*****


Amé las desapariciones y ahora el último rostro ha salido de mí.

He atravesado las cortinas blancas:

ya sólo hay luz dentro de mis ojos.


*****


Antonio Gamoneda

Libro del frío

jueves, 2 de julio de 2015

ANTONIO GAMONEDA - LIBRO DEL FRÍO - FRAGMENTOS


Era veloz sobre la yerba blanca.

Un día sintió alas y se detuvo para escuchar en otra edad. Ciertamente,
latían pétalos negros, pero en vano: vio a los duros zorzales alejarse hacia
ramas afiladas por el invierno

Y volvió a ser veloz sin destino.

*****

Hablan los manantiales en la noche, hablan en los imanes del silencio.

Siento la suavidad de las palabras olvidadas.

*****

Esta hora no existe, esta ciudad no existe, yo no veo estos álamos,
su geometría en el rocío.

Sin embargo, éstos son los álamos extinguidos, vértigo de mi infancia.

Ah jardines, ah números.

*****

Hay un anciano ante una senda vacía. Nadie regresa de la ciudad lejana; sólo el viento sobre las últimas huellas.

Yo soy la senda y el anciano, soy la ciudad y el viento.

*****

Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida.

Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas húmedas.
Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad.

Ah la pureza de los cuchillos abandonados.

*****

Ha venido tu lengua; está en mi boca
como una fruta en la melancolía.

Ten piedad en mi boca, liba, lame,
Amor mío, la sombra.

*****

Mi rostro hierve en las manos del escultor ciego.

En la pureza de los patios inmóviles él piensa dulcemente en los suicidas;
está creando la vejez:

Ayer y hoy son ya el mismo día en mi corazón.

*****

El animal del llanto lame las sombras de tu madre y tú recuerdas otra edad: no había nada dentro de la luz; sólo sentías la extrañeza de vivir. Luego venía el afilador y su serpiente entraba en tus oídos.

Ahora tienes miedo, y de pronto, te embriaga la exactitud: la misma fístula invisible está sonando bajo tu ventana: ha venido el afilador.

Oyes la música de los límites y ves pasar al animal del llanto.

*****

Antonio Gamoneda
Libro del frío


domingo, 16 de marzo de 2014

ANTONIO GAMONEDA - LÁPIDAS - POEMAS



Desde los balcones, sobre el portal oscuro, yo miraba con el rostro pegado a las barras frías; oculto tras las begonias, espiaba el movimiento de hombres cenceños. Algunos tenían las mejillas labradas por el grisú, dibujadas con terribles tramas azules; otros cantaban acunando una orfandad oculta. Eran hombres lentos, exasperados por la prohibición y el olor de la muerte.

(Mi madre, con los ojos muy abiertos, temerosa del crujido de las tarimas bajo sus pies, se acercó a mi espalda y, con violencia silenciosa, me retrajo hacia el interior de las habitaciones. Puso el dedo índice de la mano derecha sobre sus labios y cerró las hojas del balcón lentamente.)

                                                            *****

Sucedían cuerdas de prisioneros; hombres cargados de silencio y mantas. En aquel lado del Bernesga los contemplaban con amistad y miedo. Una mujer, agotada y hermosa, se acercaba con un serillo de naranjas; cada vez, la última naranja le quemaba las manos: siempre había más presos que naranjas.

Cruzaban bajo mis balcones y yo bajaba hasta los hierros cuyo frío no cesará en mi rostro. En largas cintas eran llevados a los puentes y ellos sentían la humedad del río antes de entrar en la tiniebla de San Marcos, en los tristes depósitos de mi ciudad avergonzada.

                                                             *****

Eran días atravesados por los símbolos. Tuve un cordero negro. He olvidado su mirada y su nombre.

Al concluir cerca de mi casa, las sebes definían sendas que, entrecruzándose sin conducir a ninguna parte, cerraban minúsculos praderíos a los que yo acudía con mi cordero. Jugaba a extraviarme en el pequeño laberinto, pero sólo hasta que el silencio hacía brotar el temor como una gusanera dentro de mi vientre. Sucedía una y otra vez; yo sabía que el miedo iba a entrar en mí, pero yo iba a las praderas.

Finalmente, el cordero fue enviado a la carnicería, y yo aprendí que quienes me amaban también podían decidir sobre la administración de la muerte.

                                                             *****

Antonio Gamoneda
Lápidas
Ed. Abada



viernes, 7 de marzo de 2014

ANTONIO GAMONEDA - BLUES DEL AMO - DESPUÉS DEL ACCIDENTE



BLUES DEL AMO

Va a hacer diecinueve años
que trabajo para un amo.
Hace diecinueve años que me da la comida
y todavía no he visto su rostro.

No he visto al amo en diecinueve años
pero todos los días yo me miro a mí mismo
y ya voy sabiendo poco a poco
cómo es el rostro del amo.

Va a hacer diecinueve años 
que salgo de mi casa y hace frío
y luego entro en la suya y me pone una luz
amarilla encima de la cabeza
y todo el día escribo dieciséis
y mil y dos y ya no puedo más
y luego salgo al aire y es de noche
y vuelvo a casa y no puedo vivir.

Cuando vea a mi amo le preguntaré
lo que son mil y dieciséis
y por qué me pone una luz encima de la cabeza.

Cuando esté un día delante de mi amo,
veré su rostro, miraré en su rostro
hasta borrarlo de él y de mí mismo.

                    *****

DESPUÉS DEL ACCIDENTE

Cuando levantaron aquel hierro amarillo,
se vio la cosa reventada: dos;
las dos manos del hombre: la gran mano
izquierda, la gran mano derecha.
Machacadas en óxido. La sangre
se espesó con el aire. Lo llevaron.

Si nos vemos, amigo, hay que beber a la salud del hierro.
Llevaré hasta tu boca el vaso con el vino
y, cuando tú sientas que bebes con mis manos,
tú comprenderás que no estás manco en el mundo.

Yo te aseguro que cuando venga lo que vendrá
nadie va a llorar por sus viejas manos atadas.
Y además yo ya no tendré
que estar triste por ti. Va a ser entonces
cuando vas de verdad a tener manos.

                    *****

Antonio Gamoneda
Blues Castellano

lunes, 7 de febrero de 2011

ANTONIO GAMONEDA - BLUES CASTELLANO







Comunicación de males

Mi hija tuvo miedo de mí, y yo que era 
el que la amenazaba y ofendía,
sentí al miedo existir.
Debo decirles que yo era injusto:

mi pequeña, mi amor, el ser humano

que se sube a mis brazos y ríe sobre mi corazón,

no había hecho ninguna cosa mala.
No ha sido a causa de mi amor

por lo que sentí el miedo de mi hija,

sino porque aquel miedo estaba en mí

como la luz o el movimiento de la tierra.
        



                              ***

Después de veinte años

Cuando yo tenía catorce años

me hacían trabajar hasta muy tarde.


Cuando llegaba a casa,

me cogía la cabeza mi madre entre sus manos.

Yo era un muchacho que amaba el sol y la tierra

y los gritos de mis camaradas en el soto

y las hogueras en la noche

y todas las cosas que dan salud y amistad

y hacen crecer el corazón.



A las cinco del día, en el invierno,

mi madre iba hasta el borde de mi cama

y me llamaba por mi nombre

y acariciaba mi rostro hasta despertarme.



Yo salía a la calle y aún no amanecía

y mis ojos parecían endurecerse con el frío.

Esto no es justo, aunque era hermoso
ir por las calles y escuchar mis pasos

y sentir la noche de los que dormían

y comprenderlos como a un solo ser,

como si descansaran de la misma existencia,

todos en el mismo sueño.



Entraba en el trabajo.

La oficina olía mal y daba pena.

Luego, llegaban las mujeres.

Se ponían a fregar en silencio.



Veinte años.

He sido escarnecido y olvidado.

Ya no comprendo la noche

ni el canto de los muchachos sobre las praderas.

Y, sin embargo, sé

que algo más grande y más real que yo

hay en mí, va en mis huesos:



Tierra incansable,

firma la paz que sabes.

Danos nuestra existencia a nosotros mismos.

 

Antonio Gamoneda, Blues Castellano,

lunes, 17 de enero de 2011

ANTONIO GAMONEDA - MALOS RECUERDOS

                     


                                                                La vergüenza es un sentimiento revolucionario 


                                                                                                                           KARL MARX 

Llevo colgados de mi corazón
los ojos de una perra y, más abajo,
una carta de madre campesina.

Cuando yo tenía doce años,
algunos días, al anochecer,
llevábamos al sótano a una perra
sucia y pequeña.

Con un cable le dábamos y luego
con las astillas y los hierros. (Era
así. Era así.
                 Ella gemía,
se arrastraba pidiendo, se orinaba,
y nosotros la colgábamos para pegar mejor).

Aquella perra iba con nosotros
a las praderas y los cuestos. Era
veloz y nos amaba.


Cuando yo tenía quince años,
un día, no sé cómo, llegó a mí
un sobre con la carta de un soldado.

Le escribía su madre. No recuerdo:
«¿Cuándo vienes? Tu hermana no me habla.
No te puedo mandar ningún dinero...»

Y, en el sobre, doblados, cinco sellos
y papel de fumar para su hijo.
«Tu madre que te quiere.»
                                       No recuerdo
el nombre de la madre del soldado.

Aquella carta no llegó a su destino:
yo robé al soldado su papel de fumar
y rompí las palabras que decían
el nombre de su madre.

Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo,
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra
no podría volver y despegar
el cable de aquel vientre ni enviar
la carta del soldado.