...¿A QUIÉN NO PODRÁS AMAR? SI SÓLO HAY UN HOMBRE,
SI SÓLO HAY UNA MUJER, SI SÓLO HAY UN MUNDO...
DANIEL MACÍAS.

jueves, 11 de septiembre de 2014

ROSA LENTINI - TUVIMOS - POEMAS



EL VIENTRE

Puedo verlo, el contorno abultado en la sombra 
que es mi padre,

Y mi cabeza latiendo al unísono,
     alga invisible, filamento, toda fluido
el momento exacto en que mi vida alcanzó
     una entrada que no deseaba alojarme
ignorante de cómo tener a cualquiera
     creciendo entre sus paredes...

Ya todo estaba allí:
una joven y perturbada madre en su aversión
por el huésped que roba su intimidad,
marca años en su piel
y deforma al estirarlas
     sus hinchadas mamas.

Ya todo estaba allí: la cueva
con el cuello estrecho asfixiando al pez
     que hace una brecha en la carne 
el parto de tres días y el ojo
     que descubre en lo oscuro el contorno rosado 
de una llamada articulada desde fuera
empuja hacia la luz y se abre a una sala
donde huele a alcohol,
     a vaho ácido de agua
          a instrumental esterilizado
               a placenta.

Ya todo estaba allí, salvo en mi cabeza
donde él es el que elijo,
     el centro de un mundo,
y el otro, el hombre, no fue sino la sombra que ardió
     solo un segundo en el fuego de otra piel.

*****

EL LICENCIADO VIDRIERA

Si me acercara al sofá olería la grasa rancia
en el respaldo dejada por su pelo engominado.
Un cabello que había sido negro,
     luego pardo, luego muy blanco
          y después nada,
solo una cicatriz enorme que hunde 
su sien y baja por detrás de su oreja,
la mitad izquierda de la cabeza rapada,
y en la derecha cuatro pelos escasos
     apuntando en direcciones opuestas.

Unos ojos en su propia letanía, desgajados
de la mirada dicen sí, sí, a la firma
          de un poder o un testamento,
mientras sus pupilas apuntan al techo
y tratan de enfocarme sin éxito, en línea
con un cerebro opacado por la bruma del tumor
que lo divide en dos para siempre:
Los puntos de sutura como las amantes y esposas codiciosas
que pasaron por su vida y dejaron el cuenco vacío,
la mala sangre de su pensamiento anestesiado
     alcanzando a sus hijos.

Mis lágrimas irreparables componen
pequeños cuervos para nada.

     Corazón, concédeme una gracia
para ese amago de superioridad que le devuelve
apenas por un instante la firmeza, concédeme
     la levedad de una pluma para su trance.

Despierta, defiéndete, le susurro,
pero él ya me está olvidando
mientras ovillado en mi caricia se rinde.
Sí, sí, una ventana abierta
la herida, por la que su memoria se deshace
     membrana tras membrana.

Con la sonrisa rota, el espejo no lo reconoce,
a él que se ha transformado,
     a él que ha vertido su alma
          en el cristal que nadie ha de tocar.

Solo un último  blanquísimo mechón del pétalo
de su pelo en mi mano
     parece quejarse de tanta cautela.

*****

EL FINAL DE UNA VIDA

Mi abuela materna solía plantarse
     en una esquina del jardín ,
al pie de dos abetos gigantes
de chorreante resina que brotaban
de la corteza olorosa de su piel,
no lejos de la maraña de hierbas
     amontonadas para la quema.

Yo dormía todavía en la hamaca veteada de sol y sombra,
inmersa en el sopor
     de una tarde de agosto
cuando ella dispara la pregunta a sangre y fuego:
¿Vas detrás de tu padre?

Su ¡Aja! de satisfacción ante mi respuesta
no me altera y le explico
que mis piernas más cortas de niña
me llevan siempre detrás de sus largas zancadas.

No es eso replica, detrás insiste.
Piensa en algo sucio, dice.
     Pienso en una mierda de perro,
          en una cagada de pájaro en mi pelo.

Más sucio, continúa.
Su voz sugiere una mano
desde el pasado profundo llegando hasta un cuerpo.
Ajá, confirma, Ahora no, hace varios años,
                                    cuando eras niña, niña.

Y mis siete años de adulta se resienten de pronto
se aleja la visión del perro, 
    huye la serpentina de luz del ave
        se transforma en una lente de hielo.

Un cuerpo sin peso
como el rostro de esa niña de pocos años
y el halo satánico que se disuelve
en las venerables canas de la anciana
     cuando las dos se miran en mí
          al final de su vida.


Rosa Lentini
Tuvimos
Bartleby Editores
   

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