...¿A QUIÉN NO PODRÁS AMAR? SI SÓLO HAY UN HOMBRE,
SI SÓLO HAY UNA MUJER, SI SÓLO HAY UN MUNDO...
DANIEL MACÍAS.

viernes, 7 de febrero de 2014

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI - LOS HOMBRES INTERMITENTES - POEMAS




PALABRA DE ÁRBOL
No conocí al que murió en el vientre de mi madre. La abuela lo recogió, dijo que era grande como un guía y lo puso en el hoyo que el padre había cavado entre las raíces de mi higuera preferida.
Yo pasaba tardes enteras bajo el gris áspero de las hojas del árbol, esperando que naciesen los higos. Cogía al fin el fruto blando y tocaba su piel negra que después deshacía en tiras. Cada hilo era una puerta para adentrarme en mi hermano muerto y lo paladeaba al ritmo lento de un viajero antiguo. Luego rompía con los dientes las semillas menudas del interior. Ellas contenían palabras, voces que subieron por la savia de la higuera.
Los otros niños crecieron descubriendo aventuras. Para mí, crecer fue sentir el paso del tiempo al escuchar los mensajes que un muerto me enviaba desde sus frutos.
Alguien quiso una ceremonia devota en aquel lugar. De la cartera de mi ojo derecho saqué una lágrima inmóvil. Una lágrima petrificada que se transformó en blasfemia de fuego cuando la deposité en la escudilla situada a los pies de los ídolos.



MUERTE TRANSITABLE
Todas las mañanas, antes de empezar los trabajos del día, miro durante varios minutos las flores plantadas delante de mi puerta. A los pies de las dalias, unas hormigas recorren el tapiz de pétalos caídos. Con las derrotas que impone el tiempo ellas han construido su camino.



BIOGRAFÍA
Hubiera agradecido algo de viento, que unas hojas y el polvo se moviesen entre los edificios rojos. Cuando llegué a la ciudad, mi perro caminaba como títere apaleado por la batuta del sol.
Busco a alguien que se llama como yo, que ha tenido una vida idéntica a la mía. Grito mi nombre a las ventanas y puertas cerradas. Al fin un hombre me ve desde su mirador enrejado, desciende y se aproxima mientras repito la llamada. Después, dos niños se unen a nosotros, y también los animales asoman su curiosidad temerosa. Poco a poco, aumentan los grupos de mujeres, muchachos y viejos que acuden a la cita. Todos desconocidos, en sus rostros se repite un rasgo común: mi mirada.
Dónde está el hombre al que llamo. Quizá no pueda abrirse paso entre quienes me acompañan. Caigo en el aire quieto. Ellos se disponen en círculo alrededor de mi ausencia.



AUTORRETRATO
Lo mejor de mi cara es la lechuza. Vive impasible, subida a unas zarzas blancas. A veces noto el roce de su plumaje amarillo en la frente, o de sus uñas negras que dan cuerda al tiempo en mis arrugas. Me desvela las noches en que caza demasiado, y las mujeres me consolaron al oír su graznido lúgubre cuando volaba. Si me pongo delante de un espejo, no puedo sostenerle la mirada.


Francisco. Javier Irazoki
Los hombres intermitentes
Hiperión 2006

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